Ayer por la noche gracias a mi mamá, que se quedó de canguro, pudimos Carmen y yo disfutar de algo tan normal, pero que se nos hace tan extraordinario. como salir a cenar.
La verdad es que ir juntos a la esquina, pero solos, ya es un acontecimiento, pero en este caso la cena no fue en el bar de la esquina, sino que fue en el nuevo restaurante de un “tipo muy rarito” (así lo definió su madre y como todo el mundo sabe las madres siempre tienen razón) llamado Juan y al que conocimos en una lócura anterior llamada El azulón.
El caso es que cenamos en Samsara junto a la charca de Maspalomas.
Cenamos un paté con manzana y mango y una tosta de queso de cabra (a pesar de que todo el mundo amenazaba con unas raciones ENORMES… la cosa no acabó mal del todo, eran generosas pero nada exageradas).
El lenguado relleno de espinacas voló del plato de una forma delicada y deliciosa todo ello acompañado de un vino de la Orotava dulce y fresquito que hizo que la botella pareciera que se evaporaba.
Una nota de color en mi decepcionada visión de esta querida isla de Gran Canaria, que por momentos parece la isla escombrera pero que continúa teniendo sitios y gentes increibles que hacen que a pesar de los mamotretos semiconstruidos y otros horrores hacen que sea un sitio al que merece, muy mucho, la pena venir.